Jaqueca.





Jaqueca.

     He estudiado ya el valor diagnóstico de la jaqueca en el capítulo de los dolores de cabeza (Þ); allí he dicho la dificultad que muchas veces existe para diferenciar la jaqueca de las cefaleas y cefalalgias, sobre todo desde el punto de vista patogénico. Ahora describiré los caracteres de la jaqueca típica, en los que se basa su diagnóstico. Es un síndrome que afecta principalmente a mujeres; con mucha frecuencia hereditario; en el 75 por 100 de los casos se inicia antes de los treinta años; no raramente antes de la pubertad; siendo frecuente que se atenúe o desaparezca durante el embarazo (he visto algún caso, en que la desaparición ocurre durante la lactancia); y se cura definitivamente después del climaterio. En casos raros, el comienzo de la jaqueca es, por el contrario, tardío durante el período de declinación.

     Bruscamente, o precedidos de varias horas de trastornos psíquicos (sobre todo irritabilidad del carácter o astenia) o digestivos (inapetencias, náuseas) u otros (ópticos, sensitivos, motores, vértigos, etc.), aparecen los fenómenos jaquecosos, generalmente al despertar al enfermo; el dolor es, por lo común, unilateral (hemicránea), con más frecuencia izquierdo; muy violento, como de compresión o de estallamiento, de quemadura, de clavo y es característica su exacerbación pulsátil; son casi constantes las náuseas y vómitos, muy frecuentemente biliares; pero no se puede decir, como algunos autores, que sin estos síntomas digestivos se trata de falsas jaquecas; el enfermo, agobiado, tiene que echarse y estar a oscuras y en silencio; se vuelve indiferente: ni afectos ni negocios le importan; la cara está pálida (jaqueca blanca) o roja, con las conjuntivas inyectadas y lagrimeantes (jaqueca roja); puede haber edema leve de los párpados; a veces, verdaderos edemas angioneuróticos, indicios del profundo trastorno vasomotor que es la base del acceso; en algunos casos, hipertermia considerable, oliguria o poliuria; muchas veces, ruidos de oídos; hipersomía (Þ); con mayor frecuencia aún, fenómenos visuales: nebulosidades, puntos brillantes, fotofobia intensa y, sobre todo, escotoma: punto negro, irregular, al comenzar el ataque, que se agranda y se hace brillante, con bordes en línea quebrada (escotoma escintillante, o, sería mejor, fulgurante): (Þ), que puede ir seguido de amaurosis transitoria o de hemianopsia; cuando estos síntomas oculares son muy acentuados, se habla de jaqueca oftálmica; pero, patogénica y clínicamente, se trata de la misma enfermedad; puede esta jaqueca oftálmica acompañarse de afasia transitoria, de convulsiones iniciales y de oftalmoplejía, sobre todo diplopía y ptosis palpebral (jaqueca oftalmopléjica,  Þ). Los accesos se repiten con periodicidad variable, pero con total normalidad en los intervalos. A veces los síntomas prodrómicos o acompañantes se presentan sin cefalea y entonces se habla de equivalentes migrañosos.

     Ya he dicho que la jaqueca supone una predisposición constitucional próxima a la epiléptica. En algunos casos alterna la jaqueca con fenómenos epilépticos, típicos o atípicos, por ejemplo, mareos. Se ha descrito una jaqueca abdominal, con parentesco epiléptico en su patogenia, de dudosa interpretación. Otras formas, además de las citadas, son la jaqueca hemipléjica, con parálisis transitoria y la de la arteria basilar en la que coexiste ataxia, vértigo y disartria. Pero tanto en la oftalmopléjica como en la abdominal y en estas otras, hay que evitar la confusión con otros procesos. La predisposición puede manifestarse clínicamente por la acción de distintas causas reveladoras: digestivas, endocrinas (sobre todo, hipofisarias): (Þ), traumáticas y, sobre todo, alérgicas (Þ). Toda causa que perturba el equilibrio normal del sistema neurovegetativo, inestable en estos enfermos, da lugar a la crisis vasomotora intracraneal (vasoconstricción, vasodilatación, fenómenos exudativos), cuya expresión clínica es la jaqueca. Como desencadenantes pueden actuar la hipoglucemia del ayuno, el calor o la insolación, la luminosidad excesiva, tal vez el estreñimiento, los cambios en el horario de comidas o de descanso nocturno y el exceso de horas de sueño («cefalea de los domingos») o el defecto («cefalea de los lunes»). Desde los estudios de Wolff se sabe que en la fase prodrómica existe una vasoconstricción intracraneal y en la fase dolorosa una vasodilatación extracraneal, en las ramas de la carótida externa que, si dura el acceso, se ponen rígidas y tumefactas por edema de la pared vascular. Se puede añadir después una cefalea muscular, en forma de nucalgia, que prolonga el acceso.

     Para las jaquecas atípicas y otras cefaleas vasculares véase el capítulo «Dolor de cabeza» (Þ).



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