Síntomas que proporcionan los métodos auxiliares.





Síntomas que proporcionan los métodos auxiliares. Sólo puedo hacer una mención de ellos.

     A) Radiografía del cráneo. Es excepcional que dé datos; pero a veces existen y son los siguientes: el aspecto de huellas digitales de la bóveda craneal, indicio de la hiperpresión ejercida por las circunvoluciones; tiene valor a partir de los veinte años; en el niño y adolescente, puede ser normal. En los niños, la hipertensión puede producir la separación de los huesos craneales en las suturas. Algunos tumores, incluso los quistes hidatídicos, determinan, a veces, erosiones de la bóveda, que aparecen como manchas claras con hiperostosis compensadoras. Finalmente, la silla turca puede parecer deformada, con usura de los procesos clinoideos, por la presión del tumor, sobre todo, como sabemos, los suprasillares o los que se acompañan de hidrocefalia del ventrículo medio. Puede haber calcificación del tumor (Þ). La sombra de la glándula pineal, que se ve muchas veces porque se calcifica, puede aparecer desviada por los tumores.

     B) Ventriculografía (Dandy). Consiste en inyectar aire en los ventrículos cerebrales, obteniendo después la radiografía, en varias posiciones (anterior, posterior y dos laterales). Conocida la imagen normal de los ventrículos inyectados, las alteraciones que en esta imagen producen los procesos patológicos son muy útiles para el diagnóstico de lesiones inflamatorias y, sobre todo, tumorales. En el 80 por 100 de los casos, ayuda decididamente a localizar la lesión. Debe asociarse a la arteriografía (véase más abajo). Se han discutido mucho los peligros de la ventriculografía; existen y pueden llegar hasta el accidente mortal; pero, prácticamente, se reducen de modo extraordinario, con una técnica buena. Sobre su utilidad no hay dudas. A favor de una pequeña trepanación, se punciona un ventrículo (o los dos, en sesiones sucesivas), se extrae el líquido cefalorraquídeo, poco a poco, y en su lugar se va inyectando el aire. Una cantidad considerable de lesiones, singularmente tumores, empujan o deforman la cavidad ventricular. Las imágenes resultantes son lo bastante uniformes para permitir conclusiones de localización muy importantes. El detalle de estas imágenes no es propio de este libro; sólo la práctica del especialista, que es el que ha de resolver, tiene valor.

     C) Encefalografía (Dandy). Se inyecta aire por punción lumbar y este aire, difundido por el espacio subaracnoideo, destaca, en la radiografía, el perfil de las circunvoluciones, la permeabilidad del agujero de Luschka y la situación de los ventrículos. Por su técnica mucho más simple, aventaja a la ventriculografía, pero no es tan expresiva como ésta.

     D) Arteriografía (Egas Moniz). Este método de exploración (que debiera llamarse angiografía) consiste en inyectar en la carótida del enfermo una sustancia opaca (yodo, torotastro) y radiografiar la cabeza al final de la inyección (el clisé nos da las arterias del encéfalo), a los dos segundos (el clisé nos da las venas superficiales del encéfalo) y a los cuatro segundos (el clisé da las venas profundas y los senos de la duramadre). Teniendo una noción fisiológica de las imágenes de estos vasos, se puede, por el examen de las imágenes anormales, deducir un cierto número de alteraciones patológicas, ya propiamente vasculares —aneurismas, trombosis— ya inflamatorias y, sobre todo, neoplásicas: las alteraciones de la red vascular en la vecindad y en el espesor del tumor permiten inducir la localización de éste, su tamaño y, a veces, su naturaleza. Se han discutido mucho su utilidad y sus peligros. Viendo realizar el método a las personas expertas —a su mismo autor y sus colaboradores— se tiene la impresión de su inocuidad y de sus buenos servicios; pero, a la vez, la necesidad de que se lleve a cabo por técnicos muy especializados. La interpretación de las imágenes, unas veces es evidente, pero otras, las más, requiere una costumbre muy dilatada de esta técnica. Es inútil dar descripciones generales. El clínico general no tiene por qué resolver él este problema. La angiografía cerebral se emplea más que la ventriculografía cerebral; a veces —y es buena práctica— se asocian las dos. Actualmente se ha facilitado y con menor riesgo la angiografía cerebral mediante técnicas de inyección no carotídea sino a distancia, por punción venosa en el brazo e inyección de una o varias emboladas de contraste (angiografía digital o DIVAS). También puede realizarse mediante cateterización de la arteria femoral o humeral e inyección del contraste en la carótida o la vertebral.

     E) Electroencefalografía (Berger). La electroencefalografía, que puede dar indicaciones para el diagnóstico de algunos procesos encefálicos, principalmente la epilepsia, psicopatías diversas, etc., es, también, útil, a veces decisivamente, en el diagnóstico de los tumores. En el trazado aparece una onda delta que coincide con el sitio del tumor; no se debe al tumor mismo sino a la inactividad de las células corticales próximas al tumor; pero es muy característica.

     F) Ecoencefalografía (Leksell). En los últimos años se viene utilizando con frecuencia el registro de la reflexión —«eco»— de ondas ultrasónicas a través del cráneo. El desplazamiento de la onda correspondiente al eco mediano, hacia uno u otro lado, es característico de toda neoformación que determine una asimetría en la disposición de los ventrículos laterales.

     G) Tomografía axial computerizada (TAC). La técnica del «scanner» aplicada al encéfalo y cráneo permite distinguir, a diferentes planos, la situación, forma y densidad de las estructuras con gran precisión. La atrofia cortical, la dilatación de los ventrículos o su colapso o asimetría, los tumores e infartos pueden visualizarse mejor que con las otras técnicas.



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